Año VI - Número 36
Actualizado a 06/09/2010
Caliope. Valencia, marzo’10
Como buena valenciana que soy, en mi juventud fui varios años fallera y confieso sin rubor que me gustan las fiestas de las fallas. Me emociono cuando veo desfilar a las falleras al ritmo de un marchoso pasodoble y me emborracho con el olor y el humo de una buena “mascletá”. Todos los años, como si de un ritual se tratará, recorro las fallas de la sección especial de buena mañana y antes de que les den los premios y se pongan imposibles de gente. Luego me repongo de la caminata con un buen chocolate y, por supuesto, mojo en él buñuelos de calabaza. Ya sé que no queda “progre”, pero ¿quién ha dicho que yo lo sea?
El origen de las fallas se remonta a un antigua costumbre de los artesanos que en el invierno encendían al anochecer candiles suspendidos en un "parot", un artilugio similar a un candelabro con varios brazos; al llegar el buen tiempo, la primavera, lo quemaban y los carpinteros aprovechaban la ocasión para limpiar sus carpinterías sacando los tablones, tablillas, viguetas y demás a la calle y apilándolas les prendían fuego. Con el tiempo, los vecinos comenzaron a apilar muebles y otros elementos viejos que ya no les servían en la casa y convirtieron esta limpieza en una fiesta popular. El paso siguiente fue representar mediante "ninots" a los personajes famosos del barrio o de la sociedad, lo que provocó el disgusto de la burguesía y del clero que no salían bien parados en la crítica que de ellos se hacía. He encontrado una antigua cita de 1596 en la que se dice que: fueron pagados a Pedro Torralba 74 libras, un sueldo y seis dineros por "les graelles" (las parrillas) donde se quemaban "les falles que fan en la festa del gloriós San Vicent Ferrer".
Hacia mediados del siglo XVIII, las fallas eran ya un festejo incluido en el programa de actos de la fiesta de San José (19 de marzo). Al amanecer del día 18 en algunas vías urbanas aparecían peleles colgados en medio de la calle de ventana a ventana, o pequeños tablados colocados junto a la pared, sobre los cuales se exponían algunos ninots alusivos a algún suceso, conducta o personaje, normalmente con ánimo de censura o burla . Durante el día, los niños recogían material combustible y preparaban pequeñas piras de trastos viejos. Posiblemente naciera esta costumbre entre los aprendices de los talleres artesanos que iban casa por casa recogiendo los trastos viejos, para amontonarlos junto al “parot” y demás enseres en desuso, con el fin de prenderles fuego la noche de San José. Así nació el “Cant de l’Estoreta Velleta”, una canción que se entonaba para llamar la atención al vecindario y que está enraizada con los pregones de los vendedores que voz en grito, ofrecían su mercancía o servicios en medio de las calles.
Uno de los primeros documentos que hacen referencia explícita a las fallas, es un oficio del 13 de marzo de 1784 dirigido al corregidor de la ciudad de Valencia para que prohibiera la colocación de los monumentos en las calles estrechas y junto a las fachadas de las casas por el peligro de incendio que suponían. Como consecuencia de estas medidas se obligaba a plantar las fallas en las calles anchas, en los cruces y en las plazas. Y así empezaron a concebirse monumentos que, para verse en su totalidad, había que darles la vuelta. Empezaron siendo una estructura prismática, generalmente cuadrangular, con armazón de madera, recubierta ornamentalmente con bastidores pintados, con lienzos o con paneles que ocultaban los materiales combustibles amontonados a su base. Los ninots o figuras que aparecían en el escenario se vestían con telas o ropas viejas. Estas fallas satíricas se acompañaban siempre de unas hojas de versos que, colgadas como pasquines en las paredes próximas o en los bastidores del pedestal, desarrollaban el tema que se escenificaba en la falla. A mediados del siglo XIX se empiezan a imprimir estos versos y editarlos en pequeños pliegos dando origen al “llibret”.
Se tiene noticias de las fallas en 1751, 1783, 1789, 1792, 1796 y 1820. Durante todo el siglo XIX, las autoridades mantuvieron una actitud vigilante y censora ante las fallas. Esta política represiva que se justificaba por la necesidad de modernizar y civilizar las costumbres de la ciudad y pretendía erradicar los festejos populares (Carnaval y Fallas, entre otros), estableció gravosos impuestos sobre el permiso de plantar fallas o tocar música. En 1883 el Ayuntamiento estableció un impuesto de 30 pesetas por falla, solo se plantaron 4, el impuesto aumentó a 60 pesetas en 1885 y únicamente se alzó una, la de la calle Cervantes; en 1886 la ciudad se quedó sin fallas. Félix Pizcueta, encabezando un grupo de concejales, en 1887 fuerzan al Alcalde a que derogue aquella disposición, rebajando la tasa a 10 pesetas. La reacción fue inmediata y ese mismo año se plantaron 29 fallas, que han ido aumentando hasta llegar a las casi 400 grandes y otras tantas infantiles que se plantan hoy.
Al igual que ocurrió con los carnavales, las fallas por su espíritu crítico contra autoridades y clero, también fueron perseguidas y prohibidas en 1851, aunque algunas desafiando a la autoridad se plantaron. Y esta presión que sobre ellas se hizo provocó que en 1885 surgiera un movimiento en defensa de las tradiciones típicas, otorgando la revista "La Traca" premios a los mejores monumentos falleros. Este hecho dio lugar al nacimiento de la falla artística, donde no desaparecía la crítica, pero predominaba la preocupación estética. Lo que en un principio era obra popular fue complicándose uniéndosele, a principios del XX, pintores y escultores alentados por los premios que Lo Rat Penat estableció en 1895 y que a partir de 1901 asumiría el Ayuntamiento de Valencia.
Pero no se puede concebir la fiesta fallera sin la música y sin el ruido y el olor de la pólvora. Por la mañana nos sobresalta la “despertà”, petardos y cohetes que, junto con la música de algún alegre pasodoble, hacen estallar los grupos de falleros que recorren las calles anunciando que amaneció un nuevo día festivo. Y seguirán los pasacalles para lucimiento de las falleras y las tracas, a cualquier hora, con cualquier pretexto, como prólogo de la “mascletà”, el acto cumbre del mediodía que congrega a valencianos y visitantes en la plaza de Ayuntamiento esperando que el pirotécnico de turno, a las dos en punto, haga temblar los cimientos de la plaza. Y, finalmente, las cálidas noches de marzo se alumbraran al filo de la madrugada con el “castillo”.
La fiesta, por último, tiene su culminación en la noche de San José cuando la “crema” ponga fin a los festejos. Cientos de hogueras y de pequeños castillos que dan luz a una ciudad en la que las luces se apagan para que sobre el cielo resalten las llamas que se ceban en los monumentos y las luces de mil colores de los cohetes.
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